LA OTRA Y VERDADERA RED
SOCIAL
Caminar por las calles de la
ciudad no es del todo malo como suelen recomendar. Hace unos días, precisamente caminando
entre las ventas callejeras aledañas al
Mercado Central de la Capital de Guatemala, me detuve en una venta de anteojos,
para preguntar por unos coquetos de esos artilugios para leer. Para hacer la empírica
prueba de agudeza visual, le pregunte al
tendero, si tenía a mano un periódico o
un libro para hacer el intrépido examen
de la vista. Fue ese el momento en que
apareció un caballero y me extendió un libro de su propiedad; lo primero que percibí fue el sobresaliente
color magenta con negro de la vieja portada de Los Condenados de la Tierra, del
autor Frantz Fannon, al verlo vinieron recuerdos de mi época universitaria en
que tuve oportunidad de leer precisamente esa edición. Mientras hacia las correspondientes
mediciones de agudeza visual, el dueño del libro emprendió conversación con
el tendero —que al parecer era su amplio
conocido. — De un momento a otro note que el hombre que me presto el
libro, lanzaba comentarios y críticas
contra funcionarios de gobierno, pero note que lo hacía elevando la voz y dirigiéndose
a mi como queriéndome incluir en la conversación. Ello motivo que le asintiera a varias de sus
afirmaciones. A partir de allí iniciamos
una copiosa conversación que giro entorno a las urgencia de cambios a la Ley Electoral
y de e Partidos Políticos, asignación presupuestaria,
formación de juicio crítico; luego la improvisada charla giro entorno a
rememorar libros, fragmentos y autores:
Franz Fannon, Eduardo Galeano, George Orwel, Max Weber; de igual manera analogías de nuestra realidad
con figuras literarias como La Caverna de Platón, El Ensayo sobre la Ceguera de
Saramago, El Mundo como Flor y como Invento de Mario Payeras, hasta llegar a
las Obras de Casaús Arzú.
Así trascurrió más de media hora
de conversación de la buena, de la que edifica, con respeto y tolerancia mutua
ante la diversidad de puntos de vista.
Por ratos me percataba que alrededor se detenían a escuchar transeúntes y
compradores, unos más interesados que otros.
Terminamos la conversación. Hasta
ese momento nos presentamos e intercambiamos números telefónicos con la
intención de hacernos llegar títulos de
libros en versiones digitales.
Me fui caminando por la bulliciosa y transcurrida calle. Conforme me alejaba reflexionaba en cuanto a la grata experiencia recién vivida; dos verdaderos desconocidos entre sí, intercambiamos ideas, puntos de vista y anhelos ciudadanos, sin que ninguno de los dos juzgara o emitiera juicios de valor del otro. Esas “redes sociales”, básicas, humanas, tangibles son las que cada vez son más escasas. Ello y la proliferación de las Redes Sociales por la vía digital, ha profundizado frecuentemente la intolerancia que desemboca en agresiones verbales y detestables gestos de querer imponer la voluntad de uno sobre los demás. El mundo que una vez se creyó el más y mejor comunicado de la historia de la humanidad, terminó con espacios de opinión cargados de intolerancia, radicalismo y fundamentalismo. Plagado de individuos cuyo deporte —según ellos— es aplastar la opinión de los demás, a costa de insultar vilipendiar y descalificar.
Horas después el agrado de la
experiencia, me llevo a recordar una agradable vivencia en una de las Plazas de
la Gran Buenos Aires. Turisteando por
la misma, noté que en diferentes puntos de la misma, se arremolinaba personas
que formaban varios grupitos; me acerque,
y llegué a entender que cada grupo tenía por habito vespertino reunirse de esa manera
a tertuliar de manera abierta temas de diversa índole. Solo esa tarde recorrí un grupo que discutía
sobre la obra de Ernesto Sábato, otro sobre
los errores del sistema educativo local,
sobre Maradona y la Guerra de las Malvinas; desde opiniones básicas y sencillas
hasta alocuciones cuasi doctorales. Luego
me enteré que esa práctica consuetudinaria era pan de todos los días; por allí habían pasado grandes de la política,
letras y artes argentinos a compartir sus puntos de vista. Un ejercicio hermoso de generar juicio crítico, fortalecer
el bendito hábito de dialogar y sentir el profundo placer de aprender y
discernir.
Como nos hacen falta esas ya encanecidas
redes sociales.
Pandemia, 15 noviembre 2020
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