MORTAL
KOMBAT
Les ha tocado toparse cara a cara en un
callejón semioscuro, lleno de recipientes de basura y paredes de ladrillo
crudo, sin repellar. Palmo a palmo se
exploran uno a uno sus movimientos, sin atreverse ninguno a iniciar el combate.
No hay mirones, ni árbitros, solitos ellos,
así como le han relatado que eran los viejos tiempos en la ciudad, cuando te
enfrentabas a un tipo por deudas de juego, por amores arrebatados, por deudas u
otros motivos.
El gringo
lanza la primera cuchillada que es esquivada magistralmente por el
chapincito que a su vez le asesta una cortada en el cuello, brota la sangre en
abundancia, se intercambian heridas pero no caen en partes vitales, se separan
para darse un respiro sin dejar de medirse el uno al otro, calculando el
movimiento del rival por mínimo que sea
este.
El chapincito descubre que la pierna derecha
del gringo sangra abundantemente, ello le inflama los ojos por la adrenalina
que corre por sus venas; es la señal justa para lanzarse a la estocada
final. Así lo hace, le encaja el cuchillo
afiladísimo en el corazón. Su rival cae
estrepitosamente con respiración cavernosa, el chapincito lo rodea
cautelosamente hasta que nota que su respiración se apaga totalmente.
Anota su nombre en la lista de los ganadores
del día, nunca imagino que su nombre alguna vez estaría escrito con letras
luminosas.
Da un respiro profundo y se aleja de su rival
que ahora esta tendido inerte en el suelo.
El Mortal Kombat de hoy ha terminado.
El chapincito toma su caja de lustre que no ha descuidado ni por un
segundo y que ha estado a la par de la “maquinita”; cual caballero triunfante
no le da la espalda a su rival muerto, del que se aleja lentamente.
Se enfila por la calle hacia el parque. Tiene
que regresar al trabajo que le permitirá ganarse los quetzales que le
permitirán luego comprarse otros tres quetzales de alegría y orgullo.
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