martes, 6 de agosto de 2013

Del Chiste al Comic.


DEL CHISTE A COMIC

Hubo un tiempo en Guatemala en el que niños y adultos pagábamos por el gusto de leer.  La nueva generación seguramente nos mirará incrédula cuando le contamos algo al respecto.  Este maravilloso fenómeno sucedía en los mercados de  las colonias populares de Guatemala en donde existía mas de algún local, modestamente decorado, con bancas rústicas de madera alrededor del mismo; en medio de extremo a extremo, pitas, lazos delgados en los que exhibían las novedades mas recientes del momento ; allí estaban nuestro añorados  Chistes,  que luego para variar, por la influencia estadounidense  pasaron a llamarles comics.  Cinco centavos de Quetzal costaba el alquiler de los mismos para leerlos allí.  En el lugar no era necesario escribir las normas de conducta que regían, el dueño tampoco tenía necesidad de estar pidiendo silencio de los lectores. Era un silencio de catedral, todos dedicados y entregados a la lectura.  Por las manos de los asiduos lectores desfilaban Capulina, El Pato Donald, La Pequeña Lulu, Chanok, Hermelinda Linda, El Santo, Archie, Superman, Batman, y decenas de personajes, que llenaron las interminables horas  de quienes asistíamos a leer.

Semanalmente los propietarios de los locales recibían nuevas remesas provenientes de México; desde mi rincón favorito del lugar, observaba como les era entregado un gran paquete con el contenido maravilloso; lo guardaban con cierto celo debajo de su mostrador y en más de una oportunidad observe como durante las tardes, cuando ya había mermado el número de asistentes a la mercadezca sala de lectura, rompían sigilosamente  el papel color café del paquete, y  cual si fuesen excavadores de recintos ancestrales, iban sacando uno a uno  las novedades venidas de nuestro vecino país; a los patojos no nos era permitido tocar los nuevos ejemplares hasta que ellos decidían colocarlos sobre los lazos que servían de exhibidores. 

Aun disfruto el aroma que se quedó en mi memoria, de los ejemplares recién llegados, su olor a papel nuevo, a tinta recientemente impresa, le daban un toque excepcional a la lectura de los mismos.  Si alguien quería comprar alguno de los números ya usados, el precio era de quince centavos, en cambio los de nuevo ingreso costaban veinticinco.    Era frecuente ver personas jóvenes y muy adultas, leyendo durante los trayectos de los autobuses; muchos del chiste saltamos a la siguiente grada de la lectura; la lectura en las bibliotecas.   El hábito estaba ya formado; de las historias picarescas de Hermelinda, las hazañas de los superhéroes y hechos divertidos, pasamos a la Enciclopedia Mentor, Enciclopedia Autodidáctica, las fotos increíbles de la Revista Time y viajar a través de los Atlas. 

En medio de las lecturas de Dostoievski, más de  una  vez aparece Chanok guiñándome el ojo e invitándome  a una pausa y un sorbo de agua.

4 de agosto 2013

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