DEL CHISTE A COMIC

Hubo un tiempo en Guatemala en el que niños y adultos
pagábamos por el gusto de leer. La nueva
generación seguramente nos mirará incrédula cuando le contamos algo al
respecto. Este maravilloso fenómeno
sucedía en los mercados de las colonias
populares de Guatemala en donde existía mas de algún local, modestamente
decorado, con bancas rústicas de madera alrededor del mismo; en medio de
extremo a extremo, pitas, lazos delgados en los que exhibían las novedades mas
recientes del momento ; allí estaban nuestro añorados Chistes, que luego para variar, por la influencia
estadounidense pasaron a llamarles comics. Cinco centavos de Quetzal costaba el alquiler
de los mismos para leerlos allí. En el
lugar no era necesario escribir las normas de conducta que regían, el dueño
tampoco tenía necesidad de estar pidiendo silencio de los lectores. Era un
silencio de catedral, todos dedicados y entregados a la lectura. Por las manos de los asiduos lectores
desfilaban Capulina, El Pato Donald, La Pequeña Lulu, Chanok, Hermelinda Linda,
El Santo, Archie, Superman, Batman, y decenas de personajes, que llenaron las
interminables horas de quienes asistíamos
a leer.
Semanalmente los propietarios de los locales recibían nuevas
remesas provenientes de México; desde mi rincón favorito del lugar, observaba
como les era entregado un gran paquete con el contenido maravilloso; lo
guardaban con cierto celo debajo de su mostrador y en más de una oportunidad
observe como durante las tardes, cuando ya había mermado el número de
asistentes a la mercadezca sala de lectura, rompían sigilosamente el papel color café del paquete, y cual si fuesen excavadores de recintos ancestrales,
iban sacando uno a uno las novedades venidas
de nuestro vecino país; a los patojos no nos era permitido tocar los nuevos
ejemplares hasta que ellos decidían colocarlos sobre los lazos que servían de
exhibidores.

Aun disfruto el aroma que se quedó en mi memoria, de los
ejemplares recién llegados, su olor a papel nuevo, a tinta recientemente
impresa, le daban un toque excepcional a la lectura de los mismos. Si alguien quería comprar alguno de los
números ya usados, el precio era de quince centavos, en cambio los de nuevo
ingreso costaban veinticinco. Era
frecuente ver personas jóvenes y muy adultas, leyendo durante los trayectos de
los autobuses; muchos del chiste
saltamos a la siguiente grada de la lectura; la lectura en las
bibliotecas. El hábito estaba ya
formado; de las historias picarescas de Hermelinda, las hazañas de los
superhéroes y hechos divertidos, pasamos a la Enciclopedia Mentor, Enciclopedia
Autodidáctica, las fotos increíbles de la Revista Time y viajar a través de los
Atlas.
En medio de las lecturas de Dostoievski, más de una
vez aparece Chanok guiñándome el ojo e invitándome a una pausa y un sorbo de agua.
4 de agosto 2013
0:50 Hrs

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