LA INEPTITUD MATA
La imagen justa para ilustrar la ineptitud y aprovechamiento
de los políticos de turno, se encuentra en la escena de la película mexicana La ley de Herodes del director Luis
Estrada; en ella el personaje principal de la historia, aparece dormitando en
un cuartucho, en medio de un gigantesco basurero de la ciudad de México, en donde
trabaja como administrador. Por ser
miembro y “pendejo útil” del partido, es sacado de ese agujero, para
nombrarlo a dedo, como alcalde del
Pueblo de San Pedro de los Saguaros, a donde
llega como un individuo apocado pero con livianas buenas intenciones,
para al final convertirse en un energúmeno que se apodera hasta de las gallinas
de los famélicos habitantes del miserable lugar. Ésa película, perfectamente podría ilustrar la realidad política
de gobiernos municipales y gobiernos centrales de muchos de los países de Latinoamérica;
pero queda como anillo al dedo para Guatemala.
Los Ineptos que llegan a puestos Públicos matan. ¡Claro que la ineptitud mata! Mata, cuando se nombra un ministro carente de
experiencia, conocimiento y hasta sentido común. Mata, cuando los funcionarios son puestos a
dedo, para pagar favores o congraciarse con sus achichincles y financistas. Mata, cuando hace padecer vergüenza y ridículo
al nombrar a pendejos buenos para nada como representantes diplomáticos. Mata, cuando entidades llamadas velar por la
calidad y eficiencia de la administración pública, son dirigidas por tahúres y
seres despreciables, que presumen en cantinas y garitos, de su amistad con el
presidente de la república. Mata,
cuando el presupuesto de educación, salud y seguridad es tomado como piñata,
por medio de plazas fantasmas, pago de asesores, manejo mañoso de contratos de
obra pública o bienes de ínfima calidad.
Mata, cuando condena a muerte a
los ciudadanos, cuando se roba el presupuesto de las fuerzas de seguridad civil.
Mata, cuando se roba el futuro de una generación,
al permitir que saqueen los presupuestos para prevenir y combatir la desnutrición. Mata, cuando contribuye a oxidar el
almatroste que es la Educación pública, que día a día, con sus condiciones y procederes
anacrónicos condena a niños y jóvenes a la marginación y exclusión. Mata, cuando su ineptitud le paraliza y causa
pánico para ejecutar los presupuestos de instituciones. Mata, cuando reduce a mínima expresión la
moral ciudadana.