LA COMADRONA
Si usted o uno de sus familiares nació en alguna de las colonias de la ciudad capital de Guatemala o sus alrededores entre 1952 y 1975 posiblemente fue traído al mundo con la ayuda de Doña Nela Vides, que será la protagonista de este relato.
Doña Manuela Vides López de Reynoso, o Doña Nela, o Nelita, fue parte una de las diez primeras familias que llegaron a habitar la Colonia La Florida, al Oriente de la capital de Guatemala. Con mucha dificultad construyeron al igual que las demás, una residencia humilde y carente de cercos que delimitaran la propiedad. Al llegar a residir a la Colonia, contaba con amplia experiencia en su profesión de Comadrona. El oficio lo aprendió de su mamá Doña Rosa López. Fue tanto su gusto por esas labores, que tomó un curso de profesionalización impartido por Médicos estadounidenses y canadienses, con el que termino de dominar plenamente la técnica de “traer niños al mundo” y otros conocimientos de salud. Según ella lo manifestaba, no imaginó que años después sus servicios serían tan requeridos en aquellos parajes despoblados y rústicos.
La ausencia de hospitales, centros de salud o médicos en los alrededores era notoria. Eran tiempos en los que cualquier accidente, enfermedad o padecimiento había que atenderlo con remedios y tratamientos caseros, hierbas y mucha fe. Las cosas se ponían complicadas al momento de los “partos”, con mayor razón si los dolores arreciaban en horario nocturno; la ausencia de transporte público o motorizado en general lo complicaba todo como para pensar en salir en búsqueda de asistencia médica al único hospital próximo que era el Roosevelt y que se ubicaba a varios kilómetros del lugar. Fue así como poco a poco el trabajo de Doña Nelita se fue haciendo cada vez más imprescindible. Al principio con sus cuarenta años de edad, ofrecía sus servicios en calidad de Voluntaria, y así su prestigio y fama de “Partera” se extendió por todos los alrededores de la Florida; sus pacientes la recomendaban en los barrios aledaños: Santa Marta, Lo de Bran, El Milagro, La Brigada, Montserrat y las Aldeas de San Juan Sacatepequez, en donde más de una vez, no hubo dinero en efectivo para pagar los Q.5.00 que costaba el servicio de atender el parto, y a cambio le pagaron con gallinas, arrobas de frijol y fruta.
En tiempos actuales y con mayor razón en esos años, la Comadrona se reconoce en las comunidades como portadora de sabiduría para curar utilizando la medicina Natural, los masajes, el sobar y los brebajes por ellas preparados. Curaban desde empachos, mal de ojo, mollera caída, indigestiones hasta partos complicados. Se les reconocía como poseedoras de experiencia y saberes milenarios, y esa era la descripción gráfica de Doña Nela. Con la vocación que le caracterizó - aun ya entrada en edad- nunca se negó a abrir su puerta, aun de madrugada y en medio de torrenciales lluvias, cuando llegaban maridos angustiados a solicitarle les acompañara a sus domicilios en donde habían dejado a la esposa con dolores de parto. Salía diligente y bien abrigada, ataviada con su uniforme que consistía en una gabacha y pañuelo blanco en la cabeza, que luego era remplazado por bata blanca como signo del inicio de sus trabajos de Comadrona. Emprendían la ruta a pie en medio de lodazales y cubiertos por una sombrilla, preparada con su maleta de Partera; en ella iban acomodadas tijeras, hilo y aguja para sutura, metafen, alcohol, jeringa, polvos de licopodio, yodo, gasas y una serie de menjurjes para desinfectar y preparar brebajes que hicieran más llevadera las labores de parto; estos incluían un purgante para la paciente antes de iniciar las labores, compuesto de aceite de castor y jarabe de Sidra.
Su carácter fuerte, hablar directo y sin rodeos, su mirada penetrante y sus habilidades para enfrentarse frecuentemente con la Vida y la Muerte, hacían que no se notara su uno cincuenta metros de estatura; se transformaba en una mujer gigante cuando tomaba el control del espacio donde atendería a la “Parturienta”; aun a los maridos más malencarados y machistas, les ordenaba que fueran a calentar agua para mezclar con alhucema, que serviría para remojar los trapos que usaría para calentar la espalda y bajo los senos de la paciente, ello para garantizar abundante leche materna, ordenaba que sacaran a los patojos del lugar y que se lavaran cuidadosamente las manos para convertirse en asistentes de tan delicada tarea. Todo ese velo de autoridad se alternaba con gestos de cariño maternal cuando daba instrucciones y pedir tranquilidad a la futura madre, para transmitirle serenidad y confianza, como ingredientes que podrían facilitar el proceso. “Todo va a salir bien Chula” —solía decirles— cosa que era complicada cuando la mujer era “primeriza” en vista que eran mujeres jóvenes y sin haber aun conocido la experiencia de dar a luz. Las labores nocturnas de la Comadrona frecuentemente había que realizarlas con luz de candela, quinqué o candil; el agua se hervía en abundancia con fuego de leña.
Desde revisar la posición del niño dentro del vientre, tratar de acomodarlo, una sobada para ponerlo en posición, dar brebajes a la parturienta, hasta toda la parafernalia de trabajo entre ella y la madre. Afuera de las habitaciones improvisadas como sala de parto, se apelotonaban los familiares y amigos de la familia; todos atentos y preocupados; ello porque para ese momento no era sencillo un parto; podrían surgir complicaciones que algunas veces tenían un mal desenlace, cosa que a la Nelita a Dios gracias, nunca le sucedió. Por ello los gestos de ansiedad abundaban, el hablar quedo y las cajetillas de cigarrillos consumidas eran de lo más común.
Un suspirar sonoro, profundo y de alivio de todos los asistentes y familiares rasgaba el silencio cuando se escuchaba el llorar del muchachito o muchachita recién nacido. Uno que otro saltaba preguntando: —¿Qué fue? — refiriéndose a, si niño o niña.
Así, luego de unos minutos, se veía salir de la habitación, a doña Nela, bañada de sudor y sus mejillas coloradas por la inmensa tarea realizada; frecuentemente el Padre de la nueva criatura le ofrecía un trago puro de aguardiente; servido en un vaso de herradura. Era el final de una batalla para Dar vida. Con el cansancio de tan ardua labor, aun había que emprender el viaje de regreso a pie hacia el hogar, Doña Nelita, acompañada de familiares del recién nacido y otros amigos, formaban un ceremonioso séquito que la escoltaba y rodeaban sin hablar hasta llegar a su residencia, allá por la Avenida Quetzal y segunda calle, cuando ya los gallos anunciaban el amanecer y los primeros rayos del sol pintaban de naranja el horizonte allá por el Cerro del Naranjo. —recuerdo que un séquito parecido, de hombres y mujeres de todas edades y condiciones sociales, apareció el día que le dimos su último adiós cuando tenía noventidos años de edad, en el Cementerio; eran varios de los “niños” que ella trajo al mundo, que en un gesto maravilloso fueron a despedir a la “señora” que sin dudarlo acudió a guiarlos por el túnel de la vida.
Doña Nela Vides, entraba en silencio a casa, evitando según ella despertar a su pequeña hija; sin saber que su querida Any, estuvo despierta toda la madrugada, pendiente de ella, pensándola, imaginándola en sus tareas de Dadora de Vida; la esperaba con café en la hornilla de la estufa de gas y un pedazo de pan de manteca.
La noche fue larga y cansada. La Nelita se recostaba un rato y un par de horas después retomaba las labores del hogar: Desde preparar la comida, hasta fabricar adobes, serruchar tablas, clavar vigas, remendar ropa o fabricar sabanas de pedacitos de tela. Esa era mi abuela Nelita; la Guerrera que se enfrentó literalmente a tormentas pero que también tuvo el don, la ternura y grandeza para Dar Vida donde se lo solicitaron; la abuela que a los nietos y nietas de la familia nos enseñó a preparar el chapopote para reparar los techos, sacrificar gallinas para el almuerzo de domingo, hacer nudos, abrir zanjas, y levantar paredes; pero también nos heredó el placer de
dar vida y esperanza al prójimo.
Douglas Vasquez Vides
FOTO: Álbum familiar de la Familia Vásquez Vides. Izquierda Doña Nelita Vides. Centro Luis Vásquez. Derecha, Any Vides de Vásquez
Guatemala de PANDEMIA, 19 de
agosto 2020
