EL EFECTO LUCIERNAGA
Las luciérnagas me parecen seres mágicos. Desde mi niñez llegué a admirarles más que a los gigantes y
ostentosos del reino animal. Así
diminutos e insignificantes como los ve la mayoría de humanos, tienen la magia
de emitir luz propia y a mi gusto desde siempre, eso es lo que les vuelve
extraordinarios. Allí calladitas sin mayores espavientos se aparecen en donde menos
te lo imaginás. Se te aparecen en tu
propio jardín, incluso dentro de tu propia habitación, o quien quita allá en las lejanas serranías;
nunca dejan de sorprenderte y también de agradarte. Más de alguien las considera emisarios del
mas allá, que traen un mensaje sobrenatural del ser querido que ya murió; otros
les consideran como las hadas que toman cuerpo cuando los humanos no están
presentes ante ellas.
A partir de ellas he llegado a idealizar un quijotesco
efecto; el efecto luciérnaga. Por medio de él he llegado a concebir que en el mundo existen infinidad
de hombres y mujeres luciérnaga, niños y niñas luciérnaga, ancianos y ancianas
luciérnaga, maestros y maestras luciérnagas, albañiles y albañilas luciérnaga,
cocineros y cocineras luciérnaga, y así interminable lista le luciernagos y
luciérnagas; seres que sin importar su oficio o profesión, su estatura de
intelecto o su edad, se constituyen e seres extraordinarios. No extraordinarios porque ellos lo digan o
decidan; simplemente son extraordinarios por la excelencia de su vocación, pero
sobre todo, por saber contagiar a los demás de ese soplo divino con el que ni
ellos mismos saben que fueron dotados.
Cuando hacemos el recuento de nuestras vidas, seguramente aparecen en
ese transcurrir varios de ellos: aparecerán más
de uno de nuestros familiares, profesores, amigos, celebridades,
escritores, etc. que en el mejor de los
casos ahora posiblemente estén motivando en
cada uno, el hecho de preguntarse, si acaso uno mismo aunque sea en
parte llego a parecerse a uno de ellos; muchas veces cuando ello nos sucede,
seguramente la respuesta es que cada uno de ellos nos motivó a irradiar
nuestra propia luz. Cada uno sabrá medir
su propia intensidad.
Eso sí, existe una paradoja en el mundo de las luciérnagas,
y es el hecho que nunca se lograran juntar para emitir la enceguecedora luz. Pero ese efecto milagroso si lo he visto en mis más caros
sueños.
Sigo soñando despierto eso sí, con el momento en que los
hombres y mujeres luciérnagas del mundo unan sus destellos y con ello hagan
contagiar de manera viral y biensana esa maravillosa costumbre de disfrutar con
la luz, esa luz que anula el oscurantismo, la intolerancia la rutina y la
envidia.
4 agosto 2013
1.51 hrs.
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