LAS FIESTAS DE FIN DE
AÑO EN LOS BARRIOS CHAPINES (Primera parte)
Cuando pasan los años, y muchas veces te toca ir a vivir
lejos de la Colonia o el barrio donde naciste o creciste, empezás a valorar una gran cantidad de
situaciones e imágenes que te toco vivir en tu infancia en las calles polvorientas,
y humildes en que jugaste, aprendiste a manejar bicicleta, te enamoraste y
hasta lloraste.
Abundantes recuerdos surgen asociados con la temporada de Fiestas de Fin de año. En esta primera entrega, me referiré específicamente a los días previos al 24 de diciembre, en vista que todo lo que hay que comentar sobre los días de fiesta, merecen espacio aparte.
Un ambiente especial se percibía
desde mediados de octubre cuando llegaba a su final el ciclo escolar. Las calles de la Colonia respiraban algarabía
inusual, en vista que miles de niños y niñas llenaban cada rincón, con gritos,
pelotazos, risas y carreras desenfrenadas desde tempranas horas de la mañana hasta ya cerca de la media noche; aunado a ello el viento frio del norte
soplaba anunciándonos que el fin de año había llegado. El final del ciclo escolar era otra fiesta No
oficial para escueleros y colegiales que hasta la fecha se sigue disfrutando
sin que aparezca dentro de los calendarios de asuetos oficiales.
Dias después del final del ciclo
escolar se venía la celebración del Día de los Santos. Esa celebración
no era muy de niños, sin embargo sin saber mucho de ella, nos veíamos metidos
en la misma. La elaboración de Fiambre,
un plato que no me dejaran mentir los
lectores, en nuestra infancia no tenía nada de atractivo, sin embargo por ser
el plato de los adultos, debíamos comerlo casi obligadamente a aunque no muy
gustara. Seguramente a usted, como a mí,
el gusto por este plato tan guatemalteco, nos llegó con la adultez, seguramente
producto de la nostalgia de otros tiempos vividos. La celebración incluía muchas veces la visita
a los difuntos, a cementerios, para “enflorar”. Esa visita incluía frecuentemente comilonas callejeras
fuera de lo normal: Helados, plataninas, garnachas o cualquier otra comida
propia de las aglomeraciones chapinas.
Propio de la época era también la tradición de “volar barrilete”; esto en
vista del viento frio del momento.
Así, llegaba diciembre. Y Cada vez las fiestas mayores se
aproximaban. El 7 de diciembre y su “Quema del Diablo”, —una celebración que
ahora es considerada con sobrada razón dañina para el medio ambiente — Era la fecha en la que por tradición era
obligatorio deshacerse de cartones, periódicos, ramas, y en los últimos años
hasta neumáticos para incinerarlos en la vía pública . Con dolor recuerdo hogueras alimentadas con
libros; si aunque no lo crean. La quema
iniciaba a las seis de la tarde, acompañada de cuetería. Media hora después los estragos en el
ambiente eran evidentes. Al ver desde
la distancia del Mirador de San Lucas,
la nube de contaminación era visible flotando sobre el Valle de la Capital. Ojos y
garganta irritada y más de un chiriz quemado. Durante una hora
aproximadamente se escuchaba el
incesante paso de ambulancias de bomberos a socorrer quemados o apagar
incendios.
12 de diciembre. La fiesta del Día de la Virgen de Guadalupe. Una celebración de origen mexicano pero calurosamente adoptado en Guatemala. El día en que madres y padres, visten con atuendo típico a los más pequeños de la familia, emulando los orígenes indígenas del ahora Santo Juan Diego. Visita al Santuario Principal de la zona 1 de la capital de Guatemala o de las parroquias en las que se venera a la Virgen Morena. Interminable la lista de quienes levantaran la mano y compartirán en esta columna su foto con vestido típico; sombrero y bigotes para los varones; trenzas, colorete y lunar para las niñas.
El 16 de diciembre dan inicio las
Posadas, –según la tradición católica.
Era la fiesta religiosa que nos recordaba que cada vez estaba más cerca
la Fiesta Grande, la Noche Buena y Navidad.
Las posadas, desde la óptica de niños, la recordamos como celebraciones
en las que principalmente mujeres mayores realizaban rezos y letanías
interminables e inteligibles. Los
patojos del momento éramos incluidos para cargar farolitos por las calles
durante los recorridos de la imagen del “santo Niño”, tocar chinchines y
corazas de tortuga –tradición también
mal vista en estos tiempos debido a que las inocentes animalitas están en peligro
de extinción–. El final de los nueve días
de rolar la posada de hogar en hogar culminaba en Noche Buena. Cada día de “posada” , el Niño Dios, era
recibido por un hogar distinto, lo cual era celebrado al final del rezo,
con tamales, ponche y dependiendo de la
bondad de los anfitriones, hasta trago, a ese festín estaban invitados todos;
desde familiares y amigos hasta colados comecuandohay.
En esta tradición maravillosa, jugaban
papel indispensable las llamadas “rezadoras”, la mayoría de ellas bastante
entradas en años, poseedoras de la sabiduría de haber memorizado interminables
textos de las novenas, recitar letanías y conocer letra y música de las
canciones que complementaban la ceremonia.
A ellas, las recuerdo que eran acompañadas por séquitos de personas, que
las admiraban y respetaban; lo cual se notaba en todas las atenciones que les
ofrendaban; frazadas, vaso de agua
durante el rezo, cojines para que se hincaran, y el respectivo cortejo que les
acompañaba desde y hacia sus hogares.
El aroma a pino, Manzanilla y
hoja de Pacaya invadía cada vez más el ambiente. La Noche buena estaba cerca.
Autor: Douglas Vasquez Vides
IG. Dvasquez100
Guatemala en Pandemia 13 diciembre 2020

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