domingo, 13 de diciembre de 2020

 

LAS FIESTAS DE FIN DE AÑO EN LOS BARRIOS CHAPINES  (Primera parte)

 

Cuando pasan  los años, y muchas veces te toca ir a vivir lejos de la Colonia o el barrio donde naciste o creciste,  empezás a valorar una gran cantidad de situaciones e imágenes que te toco vivir en tu infancia en las calles polvorientas, y humildes en que jugaste, aprendiste a manejar bicicleta, te enamoraste y hasta lloraste.


Abundantes recuerdos surgen asociados con la temporada de Fiestas de Fin de año.  En esta primera entrega, me referiré específicamente  a los días previos al 24 de diciembre, en vista que todo lo que hay que comentar sobre los días de fiesta, merecen espacio aparte.

Un ambiente especial se percibía desde mediados de octubre cuando llegaba a su final el ciclo escolar.  Las calles de la Colonia respiraban algarabía inusual, en vista que miles de niños y niñas llenaban cada rincón, con gritos, pelotazos, risas y carreras desenfrenadas desde tempranas horas de  la mañana hasta ya cerca de la media noche;  aunado a ello el viento frio del norte soplaba anunciándonos que el fin de año había llegado.  El final del ciclo escolar era otra fiesta No oficial para escueleros y colegiales que hasta la fecha se sigue disfrutando sin que aparezca dentro de los calendarios de asuetos oficiales.

Dias después del final del ciclo escolar se venía la celebración del Día de los Santos.   Esa celebración no era muy de niños, sin embargo sin saber mucho de ella, nos veíamos metidos en la misma.  La elaboración de Fiambre, un plato que  no me dejaran mentir los lectores, en nuestra infancia no tenía nada de atractivo, sin embargo por ser el plato de los adultos, debíamos comerlo casi obligadamente a aunque no muy gustara.   Seguramente a usted, como a mí, el gusto por este plato tan guatemalteco, nos llegó con la adultez, seguramente producto de la nostalgia de otros tiempos vividos.  La celebración incluía muchas veces la visita a los difuntos, a cementerios, para “enflorar”.  Esa visita incluía frecuentemente comilonas callejeras fuera de lo normal: Helados, plataninas, garnachas o cualquier otra comida propia de las aglomeraciones chapinas.  Propio de la época era también la tradición de “volar barrilete”;  esto en vista del viento frio del momento.

Así, llegaba diciembre.  Y Cada vez las fiestas mayores se aproximaban.   El 7 de diciembre y su “Quema del Diablo”, —una celebración que ahora es considerada con sobrada razón dañina para el medio ambiente —   Era la fecha en la que por tradición era obligatorio deshacerse de cartones, periódicos, ramas, y en los últimos años hasta neumáticos para incinerarlos en la vía pública .   Con dolor recuerdo hogueras alimentadas con libros; si aunque no lo crean.   La quema iniciaba a las seis de la tarde, acompañada de cuetería.   Media hora después los estragos en el ambiente eran evidentes.   Al ver desde la distancia del  Mirador de San Lucas, la nube de contaminación era visible flotando sobre el Valle de la Capital.  Ojos y  garganta irritada y más de un chiriz quemado. Durante una hora aproximadamente  se escuchaba el incesante paso de ambulancias de bomberos a socorrer quemados o apagar incendios.

12 de diciembre.  La fiesta del Día de la Virgen de Guadalupe.  Una celebración de origen mexicano pero calurosamente adoptado en Guatemala.  El día en que madres y padres, visten con atuendo típico a los más pequeños de la familia, emulando los orígenes indígenas del ahora  Santo Juan Diego.  Visita al Santuario Principal de la zona 1 de la capital de Guatemala o de las parroquias en las que se venera a la Virgen Morena.   Interminable la lista de quienes levantaran la mano y compartirán en esta columna su foto con vestido típico; sombrero y bigotes para los varones; trenzas, colorete y lunar para las niñas.

El 16 de diciembre dan inicio las Posadas, –según la tradición católica.   Era la fiesta religiosa que nos recordaba que cada vez estaba más cerca la Fiesta Grande, la Noche Buena y Navidad.    Las posadas, desde la óptica de niños, la recordamos como celebraciones en las que principalmente mujeres mayores realizaban rezos y letanías interminables e inteligibles.  Los patojos del momento éramos incluidos para cargar farolitos por las calles durante los recorridos de la imagen del “santo Niño”, tocar chinchines y corazas de tortuga  –tradición también mal vista en estos tiempos debido a que las inocentes animalitas están en peligro de extinción–.    El final de los nueve días de rolar la posada de hogar en hogar culminaba en Noche Buena.    Cada día de “posada” ,  el Niño Dios, era recibido por un hogar distinto, lo cual era celebrado al final del rezo, con  tamales, ponche y dependiendo de la bondad de los anfitriones, hasta trago, a ese festín estaban invitados todos; desde familiares y amigos hasta colados comecuandohay.   En esta tradición maravillosa, jugaban papel indispensable las llamadas “rezadoras”, la mayoría de ellas bastante entradas en años, poseedoras de la sabiduría de haber memorizado interminables textos de las novenas, recitar letanías y conocer letra y música de las canciones que complementaban la ceremonia.   A ellas, las recuerdo que eran acompañadas por séquitos de personas, que las admiraban y respetaban; lo cual se notaba en todas las atenciones que les ofrendaban;  frazadas, vaso de agua durante el rezo, cojines para que se hincaran, y el respectivo cortejo que les acompañaba desde y hacia sus hogares.  

El aroma a pino, Manzanilla y hoja de Pacaya invadía cada vez más el ambiente.   La Noche buena estaba cerca. 

Autor: Douglas Vasquez Vides

IG.  Dvasquez100

Guatemala en Pandemia  13 diciembre 2020

 

 

 

 

 

 

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