lunes, 28 de diciembre de 2020

 


LAS FIESTA DE FIN DE AÑO EN LOS BARRIOS CHAPINES.  (segunda parte y final)

PREPARATIVOS PARA NOCHE BUENA  Y NAVIDAD:

Seguramente más de una vez de has preguntado,  que magia tiene el aroma a pino, manzanilla, pólvora quemada, para que al primer contacto con tu olfato, sin importar la fecha del año, lo que se viene a borbotones, son recuerdos asociados con las fiestas de Noche Buena, Navidad y Año Nuevo.

Luego del 15 de diciembre, las Colonias tomaban una dinámica especial.  Era una euforia que llenaba el ser de ambiente a fiesta.  Una fiesta que estaba por llegar y por la que las endorfinas y y la oxitocina se elevaban en nuestro organismo, haciéndonos vivir como en las nubes;   era el real efecto de las drogas naturales, esas que te mantienen en un estado de satisfacción, que no sabes ni que ni de donde se origina pero que te hacen sentir algo delicioso.

La algarabía y éxtasis siguen viviéndose afortunadamente, pero en esta ocasión hare énfasis en el jolgorio de unas décadas atrás.

La fiebre por vestir de Fiesta a nuestra colonias, hacía que aun los más tacaños y malencarados, sacaran su escalera, sus brochas y  ¡a pintar se ha dicho!.  Las casas de paredes sucias por el lodo del invierno, o el polvo de los meses ventosos  o por el paso de los años, de pronto volvían a verse relucientes, con colores vivarachos.  Se empezaba por el frente, y si el presupuesto se lograba estirar, había pintura también para los interiores.  Incluso quienes no tenían el recurso para comprar la pintura de marca, improvisaban  cal con agua y color y listo.    Incluso las viviendas de adobe expuesto o pelado, recibían su coloreado y las dejaban  engalanadas.  De esa manera, las calles tomaban otro color, otro olor y hasta otro sabor.

Por doquier empezaban a encenderse  dentro de las viviendas, las series de luces navideñas.   De las más antañonas, las series de los llamados chilitos:  un cable verde, poblado de bombillitas de colores vivos que asemejaban un chile — de allí el nombre que se les dio—.   Al entrar la noche en las ventanas de las viviendas desde su lado  de adentro, titilaban innumerables  luces de colores.   Algunos mas aventurados colocaban las series de “chilitos”  en los exteriores.  En otras residencias   causaba orgullo de sus propietarios abrir las puertas de sus casas para que los transeúntes  observaran  los adornos interiores.  Muchas veces el centro de atención de esas salas, eran los  ingeniosos nacimientos que eran construidos con gran dedicación de las familias.  Su construcción  implicaba semanas y hasta meses de previo trabajo: embrollados, cielos rellenos de bombas con bricho, ríos, lagunas, montañas, pesebres,  pastorcitos, musgo, iluminación, reyes magos, la Santa Familia, el buey y la Mula era parte de la extensa lista de elementos que conformaban  esas verdaderas obras de arte denominadas por nosotros como “nacimientos”, los cuales podían llegar a ser tan grandes como el tamaño de una sala grandota.

Conforme se acercaba la fecha del 24 de diciembre, en los hogares se empezaban a almacenar los menjurjes  para tamales y ponche: Hojas de plátano, hojas de Mashan, pepitoria, achiote, maíz para convertirlo luego en masa, piña, coco, papaya, manzana etc.   Además un aprovisionamiento extraordinario de leña que serviría para las hogueras que se instalaban en los amplios patios los días 22 o 23 de diciembre, para colocar las ollas con la abundante dotación de tamales, para que estuvieran listas esas deliciosuras de la gastronomía chapina, para la Cena de Noche Buena.

La costumbre del “aguinaldo” era ese ingreso extraordinario que se recibe desde esos antañones tiempos   para los trabajadores, el cual se dedicaba en el mejor de los casos para los tamales, comprar “estrenos”  para los hijo, juguetes y compra de artículos para la casa; desde amueblados, camas  y hasta televisores.   Al igual que en estos tiempos también hay quienes tiene la costumbrita de dedicarle al Dios Baco su aguinaldo,   algunos pensaron que solo serían unos traguitos, que luego se extendieron  toda la noche, días y hasta semanas, hasta darle mate al tan esperado Aguinaldo.

 

Así,  llegaba la Noche del 24 de diciembre, o Noche buena.   De manera humilde o no tan humilde, la fiesta estaba preparada; había que celebrar el Nacimiento del Jesús.   Ese Jesús que según la Santa Escritura nació en Belén de Nazaret, una tierra muy lejana de Guatemala, pero que acá dos mil años después se celebraba con ponche, cohetillos, tamales, hojas de Pacaya, trenzas de manzanilla, pino espolvoreado y patojos luciendo zapatos y ropa nueva, bolos también; muchos bolos y patojos con las manos reventadas por la pirotécnica.

 

Douglas Vásquez Vides

Escritos en Pandemia. Diciembre 15 de 2020

 

 

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