LAS FIESTA DE FIN DE AÑO EN LOS BARRIOS CHAPINES. (segunda parte y final)
PREPARATIVOS PARA NOCHE
BUENA Y NAVIDAD:
Seguramente más de una vez de has
preguntado, que magia tiene el aroma a
pino, manzanilla, pólvora quemada, para que al primer contacto con tu olfato,
sin importar la fecha del año, lo que se viene a borbotones, son recuerdos asociados
con las fiestas de Noche Buena, Navidad y Año Nuevo.
Luego del 15 de diciembre, las Colonias tomaban una dinámica especial.
Era una euforia que llenaba el ser de ambiente a fiesta. Una fiesta que estaba por llegar y por la que
las endorfinas y y la oxitocina se elevaban en nuestro organismo, haciéndonos
vivir como en las nubes; era el real
efecto de las drogas naturales, esas que te mantienen en un estado de
satisfacción, que no sabes ni que ni de donde se origina pero que te hacen
sentir algo delicioso.
La algarabía y éxtasis siguen
viviéndose afortunadamente, pero en esta ocasión hare énfasis en el jolgorio de
unas décadas atrás.
La fiebre por vestir de Fiesta a
nuestra colonias, hacía que aun los más tacaños y
malencarados, sacaran su escalera, sus brochas y ¡a pintar se ha dicho!. Las casas de paredes sucias por el lodo del
invierno, o el polvo de los meses ventosos
o por el paso de los años, de pronto volvían a verse relucientes, con
colores vivarachos. Se empezaba por el
frente, y si el presupuesto se lograba estirar, había pintura también para los
interiores. Incluso quienes no tenían el
recurso para comprar la pintura de marca, improvisaban cal con agua y color y listo. Incluso las viviendas de adobe expuesto o
pelado, recibían su coloreado y las dejaban
engalanadas. De esa manera, las
calles tomaban otro color, otro olor y hasta otro sabor.
Por doquier empezaban a
encenderse dentro de las viviendas, las
series de luces navideñas. De las más antañonas,
las series de los llamados chilitos: un
cable verde, poblado de bombillitas de colores vivos que asemejaban un chile —
de allí el nombre que se les dio—. Al
entrar la noche en las ventanas de las viviendas desde su lado de adentro, titilaban innumerables luces de colores. Algunos mas aventurados colocaban las series
de “chilitos” en los exteriores. En otras residencias causaba orgullo de sus propietarios abrir
las puertas de sus casas para que los transeúntes observaran
los adornos interiores. Muchas
veces el centro de atención de esas salas, eran los ingeniosos nacimientos que eran construidos
con gran dedicación de las familias. Su
construcción implicaba semanas y hasta
meses de previo trabajo: embrollados, cielos rellenos de bombas con bricho,
ríos, lagunas, montañas, pesebres,
pastorcitos, musgo, iluminación, reyes magos, la Santa Familia, el buey
y la Mula era parte de la extensa lista de elementos que conformaban esas verdaderas obras de arte denominadas por
nosotros como “nacimientos”, los cuales podían llegar a ser tan grandes como el
tamaño de una sala grandota.
Conforme se acercaba la fecha del
24 de diciembre, en los hogares se empezaban a almacenar los menjurjes para tamales y ponche: Hojas de plátano,
hojas de Mashan, pepitoria, achiote, maíz para convertirlo luego en masa, piña,
coco, papaya, manzana etc. Además un
aprovisionamiento extraordinario de leña que serviría para las hogueras que se
instalaban en los amplios patios los días 22 o 23 de diciembre, para colocar
las ollas con la abundante dotación de tamales, para que estuvieran listas esas
deliciosuras de la gastronomía chapina, para la Cena de Noche Buena.
La costumbre del “aguinaldo” era
ese ingreso extraordinario que se recibe desde esos antañones tiempos para los trabajadores, el cual se dedicaba
en el mejor de los casos para los tamales, comprar “estrenos” para los hijo, juguetes y compra de artículos
para la casa; desde amueblados, camas y
hasta televisores. Al igual que en
estos tiempos también hay quienes tiene la costumbrita de dedicarle al Dios
Baco su aguinaldo, algunos pensaron que
solo serían unos traguitos, que luego se extendieron toda la noche, días y hasta semanas, hasta
darle mate al tan esperado Aguinaldo.
Así, llegaba la Noche del 24 de diciembre, o Noche
buena. De manera humilde o no tan
humilde, la fiesta estaba preparada; había que celebrar el Nacimiento del Jesús. Ese Jesús que según la Santa Escritura nació
en Belén de Nazaret, una tierra muy lejana de Guatemala, pero que acá dos mil
años después se celebraba con ponche, cohetillos, tamales, hojas de Pacaya,
trenzas de manzanilla, pino espolvoreado y patojos luciendo zapatos y ropa
nueva, bolos también; muchos bolos y patojos con las manos reventadas por la
pirotécnica.
Douglas Vásquez Vides
Escritos en Pandemia. Diciembre
15 de 2020
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