CALLEJEROS
Chanok, tarzan, Memin, Capulina,
Kaliman y Shasam, además de Terry,
Silver y La Coqueta vivieron en nuestra colonia.
Desde que el ser humano domesticó
a los lobos y de allí surgieron los perros, éstos se han convertido en
compañeros inseparables. En los tiempos
en que los humanos eran nómadas, se afirma que allí estaban ya presentes los
perros, fieles guardianes en las noches en que se acampaba en parajes desolados
entorno a hogueras, y éstos eran los designados a que por medio de su privilegiado
olfato, alertaran a sus amos, de la presencia de forajidos, serpientes o de
bestias salvajes. A estos amigos inseparables
al final de la tarde, se les encomendaba la tarea de decidir el lugar adecuado para
montar los campamentos —se afirma que
tienen la habilidad de detectar los lugares con mejor presencia energética.
Los primeros colonos que poblaron nuestra colonia también se hicieron
acompañar de los peluditos amigos, que les fueron valiosos en aquellos tiempos
en que las casas, ranchos, champas, barracas o galeras en que se habitaba,
estaban desprovistas de paredes seguras o muros perimetrales que protegieran el
interior de las mismas y de sus patios.
Es por ello que la presencia de un Can en la casa, transmitía alguna
seguridad y prevención por actos delincuenciales, a pesar que estos no eran
frecuentes —los delitos de la época eran en el peor de los casos, el robo de
ropa tendida en los lazos o robo de
gallinas. El ladrido de los perros era
la alarma justa para alertar a los dueños de casa para agudizar los sentidos y
detectar la presencia de extraños en las proximidades de la casa; ante eso, bastaba con encender un candil o
una candela para disuadir a los temerarios visitantes a alejarse. Cuando eso sucedía, los perros dejaban de
ladrar.
Era tan efectivo el ladrar de los
perros de casa, que al parecer era una forma de comunicarse con los perros de
las vecindades en señal de alerta, entonces se formaba un verdadero concierto
de aullidos, ladridos y gruñidos, que se apaciguaban hasta que los extraños
indeseables se alejaban.
El perro originario de nuestra
colonia estaba lejos de pertenecer a la realeza de las razas caninas que ahora
abundan, el perro de los colonos floridenses, era de los llamados “chuchos de indio”, expresión usada para
identificar a los canes provenientes de una mescolanza de razas que los hacia
imposible de identificar con una en particular.
Los había de muchas texturas de pelambre, colores, tamaños y
temperamentos. La libertad en que vivían
en las primeras décadas de la Colonia era envidiable comparada con los “chuchos milenials” de hoy, que en la
mayoría de casos son falderos y delicaditos.
Los personajes de este relato, nacían en patios o en sitios baldíos, sin
ningún tipo de cuidado veterinario.
Nunca un callejero de estos se quedó
desamparado, siempre hubo hogares que los adoptaron espontáneamente —sin
necesidad de llamados o campañas de adopción y ellos en respuesta de fidelidad, marcaban el
territorio que defendían con ladridos y dentelladas si era necesario hasta el
último de sus días.
Se alimentaban de las sobras de
los tiempos de comida de los hogares en los que cohabitan, por lo tanto su dieta se componía de huesos, pellejos, restos
de carne, pedazos de tortilla, arroz, y
hasta caldos. No se les llevaba con el
veterinario en caso les afectara alguna enfermedad, ellos mismos buscaban su cura maravillosa
comiendo monte o arbustos que tomaban de la abundante vegetación del
lugar. En el peor de los casos, si la
enfermedad no cedía, los amos acudían a
purgantes, masajes estomacales o una pastilla de las que se usaban en la
familia. En esas condiciones de vida,
gozaban de longevidad, vivían más de quince años inclusive y en muchos de los
casos, al llegar a su ancianidad, simple y valientemente desaparecían del
paisaje de nuestra colonia.
Chanok, Tarzan, Memin, Capulina,
Kaliman y Shazam; Terry, Silver, León,
Cuqui, Tonka, Rinso, Canillón, Goliat y
La Coqueta eran apenas algunos de los nombres con los que bautizamos a nuestros perros.
Con el paso de la urbanización,
muchos vecinos se quedaron con la mala costumbre de mantener a sus perros “a la mano de Dios”, es decir en las
calles. Callejeros consuetudinarios, que en el mejor de los casos solo entraban
a la casa para dormir, otros ni siquiera les daban de comer o beber, pero estos
eran los que al igual que los humanos de carácter, se sobreponen en la
adversidad, y entonces se les observaba comiendo de lo que sobraba en las
calles o comiendo de la bondad humana y uno que otro hasta robando comida de
las canastas o puestos del mercado.
Por allí leí que el día que nos
toque dejar este espacio terrenal, al llegar a la otra estación, los primeros
que saldrán a nuestro encuentro, serán nuestros perros que se adelantaron y menándonos
la cola y haciendo cabriolas por la alegría de encontrarnos, con su buen instinto
nos tendrán reservado y hasta calientitio el lugar para el reposo y solazamiento
eterno. Gracias a los peluditos que
desde niños nos enseñaron otro tipo de amor, cariño y amistad; gracias por su
compañía, gracias por acompañarnos a juguetear y travesear en nuestra niñez,
gracias por habernos librado de las fechorías de los cacos.
Los perros parecidos a los de
este relato, son tan importantes, y tan indispensables, que aun la magistral
inspiración del cantautor Alberto Cortez
les dedicó la Canción: Callejero,
cuyos versos son así:
“Era callejero por derecho propio;
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya, sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.
Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser.
Libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer;
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.
Era nuestro perro y era la ternura,
esa que perdemos cada día más
y era una metáfora de la aventura
que en el diccionario no se puede hallar.
Digo nuestro perro porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad
y era de los niños y del viejo Pablo
a quien rescataba de su soledad.
Era un callejero y era el personaje
de la puerta abierta en cualquier hogar
y era en nuestro barrio como del paisaje,
el sereno, el cura y todos los demás.
Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó;
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.
Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción.
Vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción”.
Fotografía gracias a: Imagen de ewan willis en Pixabay
Guatemala, 1 de enero de 2022
Relato de Douglas Vasquez Vides.
Guatemala, 1 de enero de 2022
Relato de Douglas Vasquez Vides.
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